Taberna 985: ¿...qué es lo que sobra aquí?

Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Y que a la tercera va la vencida... Pues parece que lo primero está siendo cierto hasta ahora, y espero que el segundo refrán también, porque de verdad que no me gusta escribir críticas negativas y esperaba no tener que hacerlo ahora después de la anterior, pero... ¡no me queda más remedio!

Del local que voy a hablar es de la Taberna-Tienda 985 que está ubicado en el Área Residencial de Roces, junto al Leroy Merlín (curiosamente en el nº 985 de la Avda. de Roces); sigue el mismo concepto de vinatería-tienda-restaurante que el de la c/Trinidad, más grande, aunque en el de Roces la decoración cincuentera se deja notar más. Se trata de la segunda vez que visitaba esta vinatería; en la primera ocasión, a principios del verano, pedimos una infusión, un vino y una tosta de langostinos, gulas y huevo que llegó aceitosa, sin ninguna presentación, y sin rastro de uno de sus ingredientes: el huevo... Y lamentablemente tengo que decir que esos mismos problemas se repitieron en esta nueva visita.

La Taberna 985 de Roces tiene una decoración que puede ser del gusto de unos más que de otros, especialmente por esa insistencia en acumular objetos de los 50, pero creo que en conjunto el ambiente que crea con esa combinación de maderas que le da un toque rústico a la vez que moderno es acogedor, llama la atención sin ser estridente, e invita a entrar. El local es amplio y diáfano, y hay que decir que está bastante limpio. Mención aparte merecen los baños; sé que habrá quien pueda decir que soy pesado con los baños, pero a menudo definen un establecimiento, su cuidado y su higiene; y creedme si os digo que lo necesitéis o no, vale la pena visitarlos y comprobar su original decoración, aunque en su contra he de decir que ésta a menudo se ha impuesto a su funcionalidad... y que la idea de colocar una palanganera antigua como lavabo puede ser original, pero lo antiguo no tiene por qué estar reñido con lo estético y estar oxidado y sin restaurar. Por lo demás, me han encantado y al menos en mi visita, estaban limpios.

El servicio es también muy amable y atento. En todo momento se desvivieron por atendernos, hay una diferencia clara en el tipo de servicio y de carácter de las dos camareras que vi pero no voy a entrar en detalles, con sus diferencias particulares ambas prestan una buena atención y cuidan al cliente sin llegar a agobiarlo. Es de agradecer encontrar un servicio así.

¿Dónde está entonces el problema? Bueno, el problema es la comida. La decoración es buena, la atención es buena, pero la cocina hace aguas -o aceites- por todas partes. Hay restos aceitosos incluso en las cartas del local -que están impresas sobre unas hojas de papel de estraza, de esas que se emplean como envoltorio alimenticio- y cuando se pide comida, sale aceitosa. Incluso de la cocina salía un fuerte olor a aceite que impregnaba el local cuando se cocinaba algo... En fin, era algo que desmerecía todo el local.

En esta ocasión me decidí por probar uno de los platos especiales de la casa, el perrito 985, que incluye -además de una salchicha- cebolla crujiente, foie, mostaza dijón y patatas paja, según especifica la carta. Elegí este plato adrede porque quería salirme de lo habitual y poner a prueba a la cocina del local con lo que se supone debe ser un plato estrella del lugar -lleva su nombre-, y también porque su precio no es muy alto -7,90 euros- si lo comparamos con otros y tenemos en cuenta que en general, no se puede decir que el 985 sea un lugar barato. Pero insisto como en otras ocasiones, si el producto y el resultado es bueno, el precio es lo de menos.

Entre medias nos trajeron un "pincho" de tortilla, muy muy mal presentado... Fue algo sorprendente, decepcionante, no me esperaba algo así de un sitio como éste que además va a competir en el Concurso de Pinchos de la ciudad, aunque sea sólo un pincho y sea gratis... Era un simple trozo cortado y "tirado" sobre una bandejita de una tortilla que además, estaba hecha mal -poco huevo y poca cocción de la patata- y era insípida, y no acompañaba nada con el vino Rioja que tomé, si ese era su propósito. 

Quiero hacer un inciso también aquí con la cocina. Tener una cocina abierta que el público pueda ver desde fuera es un handicap si hay calidad y profesionalidad, y puede darle caché a un sitio y atraer muchos clientes; si no hay nada de eso, una cocina abierta es una pésima publicidad para cualquier local de hostelería y una invitación al público a "mejor no mirar", y no regresar. Los gorros de cocina, por ejemplo, están para ponerse correctamente y sirven para evitar que los pelos puedan caer a los alimentos: tienen su función, no son un adorno o un capricho. Por otro lado, pese a estar sentado de espaldas, pude seguir todo el proceso de elaboración de mi plato no sólo por el fuerte olor a fritura que salía, como ya comenté, sino porque una vez listo en la cocina lo airearon a gritos y yo -y todos los presentes en el local- pudimos enterarnos al mismo tiempo que la camarera de que mi comida estaba lista para servirse.



Cuando llegó el plato, lo que vino confirmó mi mala experiencia de mi primera visita y mis sospechas en esta ocasión por los olores que llegaban desde la cocina... Se nota que la presentación pretende ser buena, pero se queda en eso, en una intención. Lo primero que llama la atención es... ¿Dónde están las patatas paja? Eso no son patatas paja, son un montón sin sentido de patatas fritas y aceitosas de todos los tamaños. No hay sentido estético, no más que el que pueda haber en cualquier bar de carretera (con todos mis respetos para los bares de carretera, dicho sea). El pan resultaba inadecuado y estaba duro, e impregnado de aceite al igual que la salchicha, que quizás por ser muy gruesa estaba hecha por fuera pero casi cruda por dentro. El resto de ingredientes estaban ahí, incluso el foie, pero con ese pan y esa salchicha dura y untada en aceite, no combinaban. Apenas comí patatas, y eso que confieso que adoro las patatas fritas; en cuanto al perrito, le salvó el sabor el foie, pero se hizo difícil de comer porque ni el pan se doblaba ni la salchicha se aplastaba, y con tanto aceite a partir del tercer bocado se me hizo tan pesado e indigesto que no pude acabármelo. Me pasé más de una hora repitiendo esa comida, y toda la noche con el estómago revuelto y ese sabor a aceite en mi boca.

El veredicto es este: creo que el concepto de taberna-restaurante-tienda no funciona, o por lo menos no en este caso (no sé con el otro local). No sé cuánto se venderá en la tienda, pero no creo que sea mucho ni una fuente importante de ingresos del local. Como restaurante, servir esa comida, y a esos precios, es un insulto para cualquier comensal, y a mí personalmente tras la primera ocasión estuvo a punto de conseguir que me negara a volver. Quise darle otra oportunidad, pero el hecho es que el 985 de Roces es un sitio estupendo para ir a tomar unos vinos, o unas de sus deliciosas infusiones, en un sitio agradable y bien atendido, aunque sea acompañado por unos pinchos o tapas que como son gratis, no puedes exigirles demasiado; pero la idea de comer algo de la carta es uno de esos errores que es mejor que cometas sólo una vez en tu vida, y el hecho es que rara vez he visto a alguien comiendo a la carta.

Es una verdadera lástima, porque realmente el sitio es acogedor y se merece otra cosa. La pregunta del principio ya se puede contestar: ¿qué es lo que sobra aquí? No, no es el aceite... Me temo que es la cocina.

Localización: Google Maps

Webhttp://www.985taberna.com/roces/index.html

CALIFICACIÓN
(1-muy malo, 2-malo, 3-normal, 4-bueno, 5-muy bueno)

Comida: 1
Ambiente/Decoración: 4
Limpieza: 4
Servicio/Atención: 4
Relación calidad-precio: 1
Recomendable: SÍ, pero sólo para tomar algo, no para comer.


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