30 y Tantos: ¿...me he perdido, o estoy en la universidad?


Mi primera incursión desde el inicio de este blog a la capital asturiana, Oviedo, fue un lunes con lo que me encontré muchos de los sitios que me había propuesto probar cerrados por descanso; eso me limitó un poco y tras una hora dando vueltas y subiendo cuestas -lo que menos me gusta de esta ciudad- acabé entrando en una opción que tenía en mente aunque no tenía pensado probarla ese día, pero que fue la única que encontré abierta.

Sobre el 30 y Tantos había leído todo tipo de opiniones, a favor y en contra, algo que a mí personalmente cuando quiero decidirme por un local para comer, me echa un poco para atrás porque deja ver que lo que hay no convence a mucha gente. Como seres humanos hay muchos y todos tenemos gustos y paladares distintos, quería no obstante darle el beneficio de la duda y probar por mí mismo si las críticas positivas eran merecidas, o si las negativas lo eran para tanto. Mi experiencia ha sido sin embargo tan extraña y tan diferente de lo esperado, que me ha costado sacar una conclusión clara y hasta buscar un titular para este post.

El 30 y Tantos se ubica, desde su apertura hace dos años, al principio de la céntrica c/Cervantes de Oviedo, aunque no es fácil localizarlo porque no resulta muy visible: su entrada es tan pequeña que cuesta entender que tras esa puerta haya todo un local al fondo de un pasillo. Lo cierto es que, visto desde fuera, el sitio no tiene ni una decoración ni un ambiente que inviten a entrar, con esa entrada tan estrecha y esa nevera de helados a la izquierda que te hace dudar de si es una heladería o una cafetería, para al final descubrir que no es ni lo uno ni lo otro... A su vez junto a la puerta hay una pequeña vitrina en la que se muestra la carta, y a juzgar por lo que se ofrece en ella da a pensar -si no miramos el local- que el sitio tiene cierta ostentación y ofrece comida actual y buena. La confusión de hecho ya empieza por el propio local, que en su web se define como restaurante, bar, parrilla (¿?¡!) y heladería... ¿Falto algo por incluir? Bueno... vamos a verlo.

Al entrar, y dejando atrás el pasillo con los helados, nos dirigimos de frente hacia una barra que inmediatamente se abre hacia la derecha dejando sitio a un espacio tras un escalón, definido por un enorme sofá de color lila que recorre toda la pared y, justo detrás, un pequeño altillo con unas mesas al que se accede por unos pocos escalones. La decoración choca un poco porque te recuerda a una mezcla extraña entre moderno y algo de los años 60, aunque luego te encuentras tirados en una esquina unos vasos de té marroquí, o una barra que en su estilo y colores te retrotrae a los 80; barra, muebles y suelo son de madera y, aunque están limpios al igual que los baños, se notan "trallados", gastados, y que necesitan un buen repaso e incluso una mano de barniz o pintura, con mesas en las que pueden leerse hasta nombres y frases grabados por algún cliente ocioso. La atención la ofrecía una chica muy amable -creo que era rumana por el acento- y agradable, aunque tampoco puedo valorar mucho su servicio como camarera porque el local estaba prácticamente vacío, con la excepción de mi mesa y otra más en la que simplemente tomaban algo. 

Fue el cocinero y deduzco que dueño del local el que me atendió personalmente a la hora de pedir algo de comer. La carta ofrecía platos muy diversos a un precio para nada barato. Me sorprendió bastante que cuando le pregunté por los ingredientes de una ensalada no supo enumerármelos todos y se quedo dudando un poco, así que opté por un plato sencillo pero que puede dar oportunidad a un cocinero de esmerarse con la cocina tradicional, como son unos tortos de maíz con picadillo, queso de cabra y huevo. Fue la chica la que me preparó sin embargo la mesa trayéndome un plato y unos cubiertos con una chillona servilleta naranja (wow!) y un mantel de plástico confeccionado en una especie de trama... Realmente detesto los manteles de plástico porque me parecen antiestéticos, sucios (doblemente porque además son difíciles de lavar), y un hogar perfecto para los gérmenes... Y con ese trenzado mis reticencias no hicieron sino aumentar.

La cosa fue a peor cuando, pidiendo una tónica para acompañar la comida, me la sirvieron en una ¿lata?? de 25 centilitros... ¿Estaba en un restaurante, o en una cantina? Entre medias y desde la cocina, situada a mi frente, no dejaba de oír sonar el microondas, lo cual me desesperó un poco y no me hacía esperar gran cosa de la comida; y cuando ésta vino, poco más de diez minutos después de haberla pedido, el aspecto de lo que trajo el propio cocinero disipó todas mis dudas en este sentido...


Realmente la presentación era nula, cero. Justo al ir a posar el plato en mi mesa e inclinarlo, una enorme cantidad de aceite se deslizó por su superficie sin augurar nada bueno. Pero lo peor, por encima de una presentación desastrosa en la que parecía que hubieran arrojado la comida sobre el plato antes que colocarla, era que vino prácticamente fría (especialmente el queso de cabra), tanto como si hubiera pasado media hora fuera, lo cual sólo contribuyó a desmerecer un plato ya de por sí difícilmente presentable. Un plato así preparado y presentado lo sirves en la intimidad de tu casa, o es el que te puede hacer tu madre o tu abuela (seguramente, eso sí, de forma deliciosa), pero no es para servir en un restaurante que quiera tener un mínimo de calidad.

El sabor, sin ser malo, no pasaba de ser de lo más normal y digno quizás para un bar de estación de servicio, pero no para un restaurante del centro de Oviedo. Los tortos estaban pasables pero al estar prácticamente fríos no acompañaban muy bien; el picadillo, como el huevo, rezumaba aceite y demasiado olor a vino, y su textura era un poco correosa en algunos momentos.Todo ello, junto con el mantel de plástico, la mesa "serigrafiada" y la lata de refresco como bebida, me hizo retrotraerme a mis años de joven universitario, cuando comíamos menús de 5 euros no muy diferentes visualmente a éste, y desde luego más sabrosos. La diferencia era que sólo este plato ya costaba más de 9 euros.

Al mismo tiempo que me trajo el plato, el cocinero se apresuró a ofrecerme un postre, algo chocante porque ni siquiera había empezado a comer. En un principio preferí esperar y viendo la experiencia del plato principal tuve hasta mis lógicas dudas, pero quise probar un postre para tener más elementos con los que juzgar y ver si es que el cocinero había tenido un mal día: así que siguiendo su recomendación pedí un coulant de chocolate, que aunque dijo que tardaría 15 minutos le costó casi el doble prepararlo.



Tengo que decir en este caso que, aunque de nuevo muy pobremente presentado, el coulant estaba rico y bastante bien hecho, algo que según me explicó el propio cocinero le había costado numerosos intentos conseguir. El chocolate no me pareció nada especial en cuanto a sabor y textura, me hubiera gustado chocolate más puro, aunque por lo menos estaba perfectamente líquido en el centro sobre un bizcocho esponjoso, y además -ahora sí- servido caliente. No obstante y pese al sabor, cobrar 5 euros por éste postre -adecuadamente presentado- me parecería apto para un restaurante de primera... pero no para un local así teniendo en cuenta además que visualmente su aspecto es, una vez más, digno de cafetería universitaria.

Mientras esperaba el famoso coulant estuve ojeando la página web del 30 y Tantos, y me sorprendió ver las numerosas y detalladas fotos que se ofrecen en ella de todos los platos de su carta. Es algo que pocos establecimientos hacen. Pero es que además se habla de principios como apostar por mezclar innovación y tradición en la cocina, de cocina saludable y fresca, de eliminar los excesos de grasas y los aditivos... Toda una declaración de principios que no casa por contra con lo que me topé en mi visita -de la que tengo que decir además que me marché con hambre- como tampoco concuerdan las fotos que se ofrecen en su página en internet, con platos de presentación más elaborada y cuidada, frente a una comida que por lo que yo ví -y por lo que he podido ver buscando en internet- es más bien de cafetería-hamburguesería y se asemeja más a comida de zafarrancho que de calidad, servida además sin ningún cuidado. Todo ello me hizo preguntarme cuál hubiera sido mi experiencia ya no con el local lleno, sino simplemente con 3 ó 4 mesas más de comensales.

Mi conclusión para el 30 y Tantos es tan confusa como lo es este establecimiento en sí. Sin una línea de negocio definida -es un restaurante, una heladería, una cafetería, un bar.....- y con una cocina muy muy por debajo de lo que uno puede esperar viendo la carta o incluso -aunque no invite a esperar grandes cosas- la decoración y el ambiente, por la conversación que el propio cocinero me dio éste me pareció más un simple aficionado cocinando allí como podría cocinar en su casa, que un cocinero de verdad. Sorprende sin embargo que lograra ejecutar bien un postre complicado como un coulant -quizás porque como él mismo dijo llevaba ya muchos intentos hasta que consiguió hacerlo bien- pero, pese a eso y al trato amable dispensado, ambas cosas no tapan toda una serie de carencias y fallos que personalmente no harán que vuelva a este sitio.

Localización: Google Maps


CALIFICACIÓN
(1-muy malo, 2-malo, 3-normal, 4-bueno, 5-muy bueno)

Comida: 2
Ambiente/Decoración: 2
Limpieza: 3
Servicio/Atención: 3
Relación calidad-precio: 2
Recomendable: NO


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